Y empieza la mañana y comienzo a atravesarla y si esto no se puede parar Si las piezas no conectan y el mundo es una mierda cómo te las vas a arreglar
Iván Ferreiro • En el alambre
«Yo lo que quiero hacer es una road movie. Pero una road movie de interiorismo, que mire para dentro estando pendiente de lo de afuera. Una película que se repite todos los días y que dura lo que el trayecto de ida y vuelta a la consulta donde trabajo como médico de pueblo. Un camino de introspección, de ir encontrándose y desencontrándose con uno mismo. Un viaje (como la vida, diría yo) en el que voy cargado de deseos y regreso haciendo recuento de realidades. Y los deseos a veces se acercan a las realidades sin llegar a cruzarse nunca —o casi nunca. Como una asíntota. Es esa im/posibilidad la que mantiene vivos los sueños.
la ida
«El trayecto de ida sirve para ir vistiéndome —los cincuenta minutos que tardo en llegar al trabajo. La vuelta, lo mismo pero al revés, para ir despojándome de los hábitos de médico, desprendiéndome poco a poco de lo sucedido durante la jornada de trabajo con cada kilómetro que pasa, cada acelerón, cada adelantamiento, cada horizonte, cada golpe de viento que, desde el mar, azota en los viaductos y me obliga a agarrar con fuerza el volante. Y mantener así en suspenso las muecas, el tacto de los cuerpos, las palabras de agradecimiento o de reproche de los pacientes, las mis dudas en el diagnóstico, en el tratamiento.
La mayoría de los días despierto antes de que suene el despertador. Escucho el silencio de la casa en penumbra. Veo un coche circular por la calle a través de las rendijas rotas de la persiana. Voy tomando consciencia de mi cuerpo entumecido. Es bajo el agua de la ducha donde aparecen por vez primera los asuntos del trabajo: la forma de hablar con Alicia para no preocuparla demasiado, la cirugía de la uña de Pedro, que me espera a primera hora de la mañana. Apago el agua y decido apartar esos pensamientos. El trabajo en el trabajo, repito como un salmo. Y mientras me seco y me visto, intuyo mi sombra en el espejo empañado y observo la toalla de capucha con orejas y el vaso de agua vacío donde ella deja el aparato cada mañana, su sujetador colgado en la percha de la puerta, el póster de aquel concierto de Nathaniel Rateliff en Burdeos. «Is the future open?», recuerdo con una sonrisa a medias. Me fijo en la fecha. Han pasado cinco años. No puedo evitar pensar dónde trabajaba entonces. En ninguna parte —me viene a la memoria—, estaba en el paro. Y caigo en la cuenta de que, a menudo, demasiado a menudo, la vida gira en torno al trabajo: el que tenemos, el que dejamos, el que perdimos, el que anhelamos, como un baile de asíntotas. De camino al trabajo trazo la primera de las líneas, la línea de los deseos, y mientras transcurro en ella pienso que la mañana va a ser fructífera y tranquila, que voy a mostrarme empático y asertivo, paciente con los pacientes, como me enseñaron a hacer, que se me va a quitar —o voy a olvidar— ese lumbago que me amenaza desde hace días, que va a entrar la luz del sol por la ventana, que —al fin— habrán arreglado la calefacción del consultorio, que Alicia estará mejor de la bronquitis, que mi hijo ganará el partido y aprobará el examen o, al menos, comprenderá que ninguna de las cosas es tan importante. El coche atraviesa a cuchillo la oscuridad y el amanecer se asoma por el retrovisor, pero hoy vuelven a ganar el pulso las nubes. Y entonces el crepitar de las gotas de lluvia contra el parabrisas me obliga a subir el volumen de la música o, mejor, a apagarla y concentrarme en ese golpeteo constante que es velocidad y es pausa al mismo tiempo. Llego. Aparco. Apago el contacto del motor y la radio y las luces de cruce languidecen. Antes de abrir la puerta, un suspiro. Un último instante para sentir afuera el latido del mundo, como cada día, y entonces salgo a la vida de nuevo.
la consulta
«Termina la jornada, y mientras cambio el papel de la camilla de exploración y tiro la toalla al cesto de la ropa sucia, después la última consulta telefónica pendiente, regresa el silencio (el mismo que sentía por la mañana en la cocina de casa, como para cerrar un círculo), y me siento en la mesa de despacho a imaginar que en las paredes quedan escritas algunas de las frases de los pacientes de la consulta de hoy. La soledad, en momentos como éste, es aplastante… Me levanto y miro por la ventana. Los críos del colegio salen corriendo del comedor a jugar al patio y los gitanos recogen los puestos de ropa del mercadillo. Al fondo, los días claros se puede ver el mar, los menos. Los más, las nubes o la bruma convierten el horizonte en un brochazo gris y verde al que cada día siento que pertenezco un poco más. Y pienso en el viaje porque lo más importante siempre está ahí afuera. Todo lo que veo desde la ventana. El viaje como contexto. Y de cómo ese contexto dota de significado al núcleo que sería el trabajo, igual que la carne verde de la aceituna protege al hueso gris.
la vuelta
«Y, de vuelta a casa, trazo la segunda de esas líneas, la línea de las realidades. La cirugía de la uña de Pedro, lo poco que le dolió, la forma de mirarme, el silencio de sus ojos cuando dijo gracias. Igual hoy es de esos raros días en que las asíntotas se olvidan de sus reglas y se cruzan en un abrazo que se hace nudo en mi garganta. Pero entonces recuerdo a Matías, que se ha cambiado de médico, harto de no sentirse escuchado, y no puedo evitar reírme del destino. Pueden ser pasar decenas de kilómetros, con la mente en Babia, conduciendo sin ser consciente de la carretera, y, aún así, ese intervalo consta como un instante. Solo a veces la anécdota del camino logra arrancarme del sueño. Suena esa canción de Quique González que tantas veces he escuchado y que, por unos segundos, me lleva a otra carretera, a otro mar, a otro país, y freno para tomar la siguiente salida, y al estirar la pierna regresa ese dolor sordo de la espalda que me recuerda que vuelvo a ser persona además de médico. Llego a casa y mi hijo me dice que hoy, al fin, después de tanto tiempo, ha marcado un gol y han ganado el partido; pero el examen no le ha salido muy bien. Yo le revuelvo el pelo y le digo que no pasa nada y, después, mientras me lavo las manos frente al espejo del baño, reviso las canas de la barba, y cierro la línea de vuelta, la de las realidades, y suspiro. Hoy, más que ayer, estuvieron cerca de encontrarse a mi paso las dos líneas. En realidad, pienso, soy un tipo afortunado, como el viejo médico de pueblo del viejo libro de John Berger.
coda
«A veces caminando con paso firme, a veces tirados en la cuneta, a veces con la cabeza agachada, las manos en los bolsillos, los hombros encogidos, a veces con los brazos abiertos, contemplando el horizonte, dudando en los cruces, un poco perdidas, a oscuras o deslumbrados por el sol, sin dejar de avanzar o espantando pájaros de fantasía sobre el asfalto, descubriendo un atajo o eligiendo el camino más largo porque nos lleva a ver el mar, sorprendidos por la casualidad, veloces, lentas, sin prisa o demasiado acelerados, presas del miedo, bravos, decididas, mirando pantallas, escuchando melodías en el coche o estertores en el pecho, nerviosos, indolentes, despreocupadas, escondiendo mentiras, buscando verdades, de camino al trabajo o de vuelta a casa».