El doble confinamiento de Germán
Extracto del reportaje «Sanidad Vaciada. Diario de un médico rural«, publicado en Más Periódico» (suplemento dominical de «El Periódico de Catalunya»).
FOTOS DE MANU MITRU.
El e-mail de Rosa se desliza por la bandeja de entrada del ordenador de Enrique, médico de Mirabel, en las postrimerías de Monfragüe, al norte de Extremadura. Rosa vive en Madrid. Es hermana de Germán, paciente aquejado de una grave enfermedad mental que vive en el pueblo con su madre, Sole, ya mayor. Desde la distancia intenta estar pendiente de ambos y, cuando es necesario, recorre las dos horas y media de camino que los separan para acompañarlos en las visitas médicas hospitalarias o en sus cada vez más frecuentes ingresos. Ella teletrabaja en Madrid, y tiene muy claro que siempre que pueda intentará evitar a los suyos el mal trago de tener que coger el tren y luego un taxi o un autobús urbano para llegar al hospital; las comunicaciones en este rincón del mundo no son fáciles si no se dispone de coche propio. Rosa tiene que hacer juegos malabares para llevar todo para adelante, pero ha encontrado en el correo electrónico la oportunidad de hablar asiduamente con el médico del pueblo y tener mayor control sobre la salud de su familia.
«¿Podríais, por favor, ir a casa a poner a Germán la vacuna? Y otra cosa: sigue con mucha fatiga, a ver si puedes echarle un vistazo. Mil gracias».
El motivo del ahogo de Germán es una descompensación cardíaca. De hecho, la última ocasión en que fue al consultorio para el control del anticoagulante estaba tan agotado que Mar, la enfermera, le advirtió que para los siguientes controles mejor le avisara para ir a su casa hasta que mejore. Pero él nunca llama. Durante un tiempo, siempre que se presentaban allí desde el consultorio era para llevárselo a la Unidad de Salud Mental, a la fuerza algunas veces, a regañadientes otras. En los últimos meses, los ingresos han sido causados no tanto por la violencia de sus crisis, sino porque su madre, que siempre ha absorbido sus manías y delirios como una esponja, no puede ya con tanta carga. Sole está más bien para que cuiden de ella. Las tres horas semanales de ayuda a domicilio que reciben son del todo insuficientes para ambos.
Durante la primera ola de la pandemia Germán dejó de tomar la medicación. Se volvió huraño y suspicaz, aunque en esto no fue muy diferente al resto de los mortales. Fue Rosa quien dio la voz de alarma. El médico y la enfermera del pueblo se coordinaron con Salud Mental, y finalmente retomó el tratamiento. Desde entonces, sus síntomas psiquiátricos se han estabilizado. Pero ahora que no hay brotes en el pueblo es el corazón el que le confina en casa. Un poco por necesidad, un poco porque el roce hace el cariño, Germán ya sí se deja cuidar por los sanitarios en su casa, su fortaleza. Cuando está bien, es él, él es así, lo otro es la enfermedad.
Cuando la enfermera termina de vacunar a la quinta del 67 y el médico acaba la ronda de llamadas, ambos se ponen en marcha camino de la casa. Germán los recibe con una gorra de la selección española, y es que la roja disputa hoy su primer partido de la Eurocopa. El fútbol es su conversación preferida, pero también domina la política. Pasa las horas del día y de la noche pegado al transistor y leyendo la prensa.
Antes del pinchazo, el reconocimiento. Para alivio de Germán, que no quiere ni loco ir al hospital, el corazón, aunque débil, aguanta. El médico pregunta por los medicamentos. Germán atraviesa el pasillo entre resoplidos de disnea para mostrarle dónde los guarda. Sobre la repisa, en el fondo, los de siempre, apilados y en orden; en el borde, desparramados, los últimos que le recetó para aliviar las fallas del corazón.
Mientras le están vacunando, Germán comenta con un guiño de picardía: «Hay quien dice que contienen imanes y microchips, pero quienes piensan eso están majaras».
