La lucidez de Mari Luz

Por mucho que lo haya repasado en su cabeza mil veces, Mari Luz no es capaz de comprender cómo pudo ser que tuviese la mala idea de casarse con un hombre que, a todas luces, la despreciaba. Pero olvidar no olvida. De hecho, tiene registrados en su memoria cada fecha y cada acontecimiento con la precisión de una costurera, así que no duda un solo instante mientras me cuenta toda su historia.

Ya ha pasado mucho tiempo, y ahora es capaz de hablar de ello sin venirse abajo, pero durante los años en que estuvo pagando el alto precio de su inocencia no paraba de preguntarse cómo pudo soportar tantas vejaciones. Estuviera sobrio o borracho, en la soledad del hogar o a la vista de todos, ese indeseable no dejaba pasar cada oportunidad que se le presentara para humillarla. Según ella, no llegó a pegarle nunca, aunque del violento carácter de su exmarido queda aún la huella de una puerta rota de un cacerolazo que en realidad iba dirigida a su cara.

«Aguanta, hija, aguanta, ya cambiará», le insistía su madre, convencida de que la vida en pareja acabaría alejándole del vicio del beber y limando esa afilada lengua que caía como un dardo una y otra vez sobre la moral de Mari Luz. Quizá fue por no contradecir a su madre, tal vez por no traicionar una tradición hecha con el propósito de justificar y perpetuar el dominio del hombre sobre la mujer, o por no ser ella la que levantara el polvo de debajo de las alfombras. El caso es que los primeros meses de casada hizo lo que se esperaba de toda mujer en esa época. «Tal vez, si tuvierais un hijo», le decían sus amigas. Pero a mitad de embarazo ya no había ninguna duda de que no habría futuro en común. Cuando Mari Luz dio a luz a Alicia, a nadie del pueblo sorprendió que él no se dignara a acompañar a su mujer y su hija en el hospital.

Lo que nadie pudo sospechar era el destino que deparaba a esa recién nacida. Si bien Mari Luz ya había notado que no le devolvía las sonrisas ni le seguía con la mirada cuando llamaba su atención, no podía imaginar que las neuronas de Alicia estaban empezando a desconectarse y su cráneo a deformarse. Hasta que, en la boda de una amiga, en mitad de las fanfarrias de la orquesta y de la algarada del gentío que había acudido a dar la enhorabuena a los novios a la salida de la iglesia, la niña tornó sus ojos en blanco y empezó a convulsionar. El cruel diagnóstico llegó tras una odisea de médicos, pruebas e ingresos en el hospital: una enfermedad que en pocos meses haría perder una a una las funciones cerebrales de la pequeña y acabaría con su vida sin remedio. Cuando Mari Luz supo además que origen del mal estaba en los genes de la familia paterna, maldijo a su marido y pidió el divorcio para acabar con ese sufrimiento. El juez no dudó en concederle la custodia de la niña a ella, pero a cambio otorgó al antiguo marido un mes de prueba para comprobar si era hombre de cumplir como padre lo mismo que con los bares, aunque fuese solo a ratos. Una vecina del pueblo sería la encargada de verificar que merecía el beneficio de la duda.

A ese mes le sobraron 30 días. A la vuelta del juzgado, en medio de una bronca que pilló por en medio a la testigo, Mari Luz, perpleja aún y contrariada por la condena de tener que ver a diario a su hija en manos de ese desgraciado, reprimió las ganas de vomitar cuando éste repudió a voces «al cacho de carne que no valía para nada» en que se estaba convirtiendo la niña.

Ese fue el último día en que ese infeliz vio con vida a su hija. Gracias a los cuidados de Mari Luz y sus padres, y en contra de todos los pronósticos, Alicia permaneció aún 2 años, 6 meses y 18 días con vida. Cerca de mil días después de ese día en que Mari Luz se libró de la náusea de tener que ver a diario a la persona que tanto la había hecho sufrir, Alicia ingresaba en el hospital, como tantas y tantas veces durante ese tiempo de lento deshacer de su cuerpo. «Haced lo que tengáis que hacer, pero cuando no haya nada más que hacer, lo que no quiero es verla rodeada de tubos», imploró Mari Luz esa vez, como todas las demás veces, al llegar al hospital.

Las enfermeras y los médicos tuvieron que emplearse a fondo para resucitarla cuando, estando en la planta, Alicia se ahogó en sus propios mocos y saliva, pero le dijeron que de esa vez no pasaría. Entonces Mari Luz tuvo la lucidez de hacer lo que siempre había pensado hacer cuando llegara ese momento. La montó en el coche y se fueron de vuelta al pueblo en mitad de un aguacero. Pero no pudieron llegar a tiempo. A la altura del paso a nivel, en la boca de Mirabel, Alicia murió.

Mari Luz me cuenta todo esto en el salón de su casa, sentados alrededor de una mesa camilla donde cuatro estampitas de santos y vírgenes dispuestos en cruz protegen un retrato de su hija a escasos días de la primera convulsión. Mientras, me enseña el álbum donde guarda cronológicamente las fotos que atestiguan que durante aquellos años de cuidados a Alicia nunca faltó el amor y la voluntad de sobreponerse al desánimo.

Al acabar el relato, se impone un silencio afilado en el que no separa sus ojos de los míos. Suspira impasible y, con un atisbo de sonrisa, apostilla:

—Ahora ya sabes por qué estoy soportando toda mi enfermedad como la estoy soportando. Ya estoy acostumbrada a estar siempre de médicos y de hospitales. Por muy mal que vayan las cosas, nada es peor que haber pasado por aquello.

Y prosigue.

La muerte de Alicia había dejado noqueada a Mari Luz, pero más aún a su madre, Beatriz, que es muy dueña de hacer suyos los dolores de todos los que la rodean. A Mari Luz, por el contrario, no le gusta regodearse en el lamento, y menos aún ver sufrir a su madre, así que no tuvo más remedio que pasar un duelo acelerado y tirar para adelante como fuera. Ella es así, una mujer práctica, que mantiene sus sentimientos a raya y sus miserias en privado. 

Se refugió entonces en lo que mejor sabía hacer: coser y bordar. A coser la había enseñado de soltera Leo, la de los tórtolos, vecina de tres calles más arriba, que no pudo darle ningún título oficial pero sí le mostró todo lo que había que saber del oficio. A bordar, su madre, que renunció a su sueño de verla ejercer de maestra de escuela con tal de que se sacara en Barcelona el título de profesora de costura por el sistema Martí.

Durante esos años en que Mari Luz se concedió a sí misma la oportunidad de rehacerse, tuvo que compaginar varios trabajos para prosperar. Lo mismo cosía los descosidos de los pantalones de los críos que arreglaba los vestidos de las novias del pueblo. De Plasencia recibía encargos de modistas y de tiendas de cortinas. Y en los pueblos de alrededor impartía talleres de corte y confección para chicas desempleadas y jovencitas descarriadas. Llevada por ese instinto de vivir y salir como sea a flote, vio agudizado su ingenio para conseguir nuevos empleos y compaginarlos a la vez. El último de ellos —la biblioteca de su pueblo— fue el escenario donde la vida le devolvió una parte de lo que le había negado.

No podía ser casualidad que amigas y conocidas repitieran tanto y de manera tan indisimulada el mismo nombre. Que si lo noble que es Santi, que si vaya hombre más fiel ese Santi, que si se nota que Santi está buscando compañía y tú aquí nada más que pensando en coser. Todos parecían estar confabulados para emparejarlos. Y entonces ella, todo temperamento, saltó:

—Pues si tan bueno es y tan solo está, ¿qué está esperando? Hala, ya le puedes dar mi número de teléfono.

Le costó, pero Santi llamó esa tarde a la biblioteca. La respuesta de ella sonó a ultimátum: si quieres verme, ya sabes dónde estoy. Y a los pocos meses se fueron a vivir juntos. En pecado. A su madre, devota empedernida, ni se le ocurrió entrometerse esta vez ni pedirle nada a su hija, consciente de que a ciertas edades las oportunidades o las cazas al vuelo o no vuelven a pasar.

Así fueron pasando los años hasta que a Mari Luz le empezó a empujar algo en la pelvis hacia abajo. Ya había tenido un aviso catorce años antes, un principio de tumor en la matriz, pero la operación fue muy sencilla y sin quimio ni nada más, y desde entonces, las reglamentarias revisiones anuales con el ginecólogo habían sido todas normales. La última, tan solo tres meses antes. Las molestias iban y venían, las pruebas a las que se sometía no desvelaban nada extraño y, aunque a ratos el resquemor la hacía estremecer de miedo, no llegó nunca a perder la paciencia.

Cinco meses después del primer síntoma, la ingresaron en el hospital por un sangrado. En pocos días, los ginecólogos le dieron la mala noticia. “Ya sabes cómo sois los médicos, no os andáis con medias tintas”, me reprocha, como si hubiese sido yo mismo el que le hubiese desvelado el diagnóstico. El cáncer se había reactivado, escapando a todas las pruebas y de manera incomprensible, y ahora amenazaba con apelmazar a todo lo que rellena el hueco del pubis. La operación no era sencilla y necesitaba que intervinieran un cirujano digestivo, un urólogo y un ginecólogo, y con mucha experiencia, así que del hospital de provincias fue derivada a la paz. Compungida, Mari Luz se despidió de su padre, ya aquejado de una demencia muy avanzada:

—Papá, que mañana me voy a Madrid.

—Ah, hija, muy bien, pues yo me voy a Barcelona.

A Beatriz le dio esperanzas que la mandaran tan lejos, a Madrid, donde, ya se sabe, todo está más avanzado. Aún así no dejaba de encomendarse a los santos. Mari Luz, creyente inteligente, le replicaba:

—Mamá, deja de rezar a los santos, que ellos no pueden hacer nada. Reza por las manos y los conocimientos de los que me van a cuidar en Madrid.

Pero por mucha pericia que tuvieran los médicos de la capital, el destino maldito que persigue a Mari Luz deparó que sufriera todas las peores complicaciones posibles, desde una infección del cuerpo entero hasta una necrosis de tejidos, de manera que estuvo un par de veces más para allá que para acá. Después de pasar de nuevo por la mesa de operaciones, terminó con cuatro aberturas en la espalda: uno conecta el colon a la piel, otro va de la vejiga al exterior, y otros dos desde cada riñón directamente afuera. Tres agujeros con tres bolsas para recoger la orina y las heces y otro orificio falso que, por mucho que lo hayan sellado varias veces, no deja de supurar desde entonces. Cuando se vio cosida por los cuatro costados, quiso preparar a su madre, con la que hablaba a diario desde la habitación del hospital de Madrid, para el tremendo golpe de verla con los estomas y las gomas y los residuos colgando:

Le dije, «mamá, que me han dicho los médicos que lo mismo me tienen que dejar una o dos bolsas». Pobre, cuando me vio que eran cuatro. No le quedaban santos a los que llorar.

Las desgracias no quedaron ahí. En mitad de las largas semanas de hospitalización le avisaron desde el pueblo de la muerte de su padre, a cuyo entierro no pudo asistir. Por muchas calamidades que hubiera pasado, nunca había sentido un agujero tan grande y tan poderoso en el pecho como esa vez. Viéndola así, avisaron a una psicóloga.

—No te lo pierdas, Enrique—me cuenta—. Querían consolarme con ejercicios de respiración. Me decían cómo tenía que coger el aire y cómo soltarlo, y yo ya sabía respirar. Lo único que quería era que me dejaran sola, así que me hice la fuerte para que se convencieran de que no los necesitaba.

«Casi dos años después de que comenzara este calvario, no hay mes en que no sufra algún contratiempo. Tanto susto trae a malvivir a mi madre, siempre pegada al rosario y musitando oraciones. Una vela encendida en la iglesia por cada ingreso en el hospital y una caja de pastillas para los nervios cada mes en la farmacia. Un derrame en la parte baja de la pleura, una fístula que se ha abierto, una infección del riñón que ha estado a punto de extenderse a la sangre, la pus saliendo de nuevo del agujero siempre húmedo de la vejiga, un poco de anemia, los marcadores del tumor en su interminable sube y baja. Idas y vueltas a Madrid y a Plasencia, informes y más informes, los volantes de la ambulancia, la baja laboral —ya permanente (¿por qué no me dejan ellos que yo siga trabajando en la biblioteca?)—, las curas con la enfermera en el consultorio del pueblo, las recetas en el médico. No hay viaje que haga, aunque sea a la gasolinera, en que no me lleve una maleta, por si me da fiebre o se me obstruye la sonda o me da algún dolor y me tengo que ir corriendo al hospital, siempre preparada con un neceser, las zapatillas, una muda de ropa, repuestos para los aros y bolsas de los estomas y la carpeta con todos los informes de los médicos perfectamente ordenados por Santi del más antiguo al más nuevo. Lo de la maleta lo aprendí de cuando mi hija. Siempre hay que estar preparada para lo que tenga que pasar.

»En todo el hospital ya me conocen, y al principio no se lo creían, y hasta el inspector médico, ese que no me quería visar las sondas de la orina que son un poco más largas de la cuenta y así me las puedo atar a la entrepierna y no me tiran del costado cuando me muevo, hasta ese señor me tuvo que ver las bolsas y los agujeros para convencerse, porque si no me tomaban por embustera. Todo el que me ve con las chapetas estas que tengo, sin entonar una sola palabra por encima de la otra, siempre tratando de no perder la compostura aunque rabie de dolor y tapando cada revés con una sonrisa, sin esa cara de miedo de todos los que tienen la misma enfermedad que yo tengo, todo el mundo que me ve así como me ves tú ahora, se piensa que todo lo que me pasa no es verdad, que no puede ser cierto que estuve casada con un borracho que me hizo la vida imposible, que no es posible que viera morir en mis brazos a una hija que nunca llegó a estar lo que se dice viva del todo, que yo no tengo ahora tengo cuatro agujeros en la espalda y la vida siempre pendiendo de un hilo. Pero los que lo saben —y solo saben una parte de todo esto que te he estoy contando— me tienen respeto. Hasta los celadores me saludan por mi nombre cuando voy por los pasillos del hospital, y las enfermeras de la planta me mandan mensajes de whassap para felicitarme en Navidad.

»¿Entiendes ahora, Enrique, por qué soy incapaz de quejarme de estar viva?