Montserrat y Leonardo son como dos almendros en mitad de la dehesa. Dos catalanes muy catalanes, de Sant Celoni, provincia de Barcelona, en un pueblo muy pueblo de la Extremadura dura. Los dos conservan, a pesar de los años, un acento que los diferencia claramente del resto de los habitantes. No tengo claro por qué se asentaron aquí concretamente y no en otro cualquiera que les pillara más cerca. A ver si un día me da por preguntarles, estoy intrigado.
El caso es que Montserrat se ha caído hace tres días y se ha golpeado su maltrecha columna lumbar, carcomida por la osteoporosis y engarrotada por la artrosis. De poco están sirviendo las pastillas que le han mandado en urgencias ni las otras que le añadí al día siguiente. No puede moverse de la cama. A cada leve movimiento, un grito. Sí, un poco de miedo a volver a caerse tiene, pero también debe de ser que se le han encogido los músculos de la humedad y del frío esta madrugada en que el invierno llegó sin avisar, pillándonos desprevenidos a todos.
Ya estaban llamándonos cuando al dolor de la caída se le ha unido otro distinto. Este es apretado, entre la boca del estómago y el pecho. Viene acompañado de un palpitar irregular en el pecho, de sudores y de una angustia diáfana y profunda, y se le ha descolorido la cara por completo.
Doctor, venga corriendo, que a Montserrat le está dando un dolor muy fuerte, pide educadamente Leonardo. Y añade, queriendo dar gravedad a sus palabras: No se ha podido levantar de la cama. ¿Pero otra vez, Leonardo? ¡No le ha dado tiempo a la pastilla a hacer efecto! Está bien. Haremos un hueco antes de irnos al café.
La enfermera y yo atravesando las calles vacías bajo una bóveda difusa de nubes bajas. Lluvia y viento lo barren todo. Vaticinamos que no van a poder vivir solos por mucho tiempo. Cada día más torpes, más frágiles, más aislados.
La estancia está completamente en sombras. La lluvia que golpetea anárquicamente sobre la ventana enana. La oscuridad que penetra por la puerta que da al salón. La única bombilla que cae del techo con una luz dorada y escasa.

No tardamos en percatarnos de que no era lo que parecía. Hay que llevarte al consultorio, Montserrat, te tendremos que hacer un electro, cogerte una vía en la vena, calmarte ese dolor. Aquí va a ser difícil todo eso.
Gime y contrae el rostro. No puede incorporarse, el dolor de la espalda le impide el más mínimo giro. No nos queda otra que improvisar.
Mientras mi enfermera va a toda velocidad al consultorio a recoger la máquina del electro, me quedo en el domicilio escuchando los murmullos en el torso de Montserrat, contando sus erráticas pulsaciones, redactando un informe.
Despejamos el tocador, repleto de souvenirs de Alicante, de figuritas de porcelana, de portafotos, para hacer sitio para el aparato que pronto va a desvelarnos el motivo de su dolor: una arritmia del corazón ha desencadenado una angina de pecho. La enfermera se lanza, en medio de la penumbra, a tomarle el contorno de una vena en el brazo. Montserrat yace al borde de la cama. En el cabecero, una inmensa cruz de madera. En el suelo, polvo y sombras. La humedad hiela los huesos y torna en vapor el aliento de los presentes.
No hay manera de tomarle la vía para que pasen el suero y las medicinas. La ambulancia está en camino, ellos tienen más experiencia en situaciones extremas. Pero incluso ellos tienen que emplearse a fondo para conseguirlo: el orgullo de mi enfermera queda a salvo y nos miramos compartiendo la misma sonrisa.
Se la llevan ya, Leonardo, está bien, no se apure. No, usted no puede acompañarla, tendrá que irse por su cuenta al hospital. Se queda mudo, descompuesto, sin alma, pero no olvida darnos una bolsa con una cajas de bombones, los tenían preparados para nosotros de todas formas.
Arrastramos las gasas impregnadas de yodo y sangre, las agujas y jeringas usadas, las ampollas vacías de medicamentos, las guantes del revés y la máquina del electrocardiograma, con sus cables y electrodos, y lo metemos todo con prisas en una bolsa. El café tendrá que esperar a mañana. Hay que seguir con la tarea. Otra visita domiciliaria y en la residencia una lista de ancianos llenos de achaques me esperan.
A la vuelta al consultorio, al final de la mañana, la enfermera me enseña un portafotos con un retrato. ¿Quiénes son? ¿Por qué me lo enseñas? ¿Qué significa esto? Sonríe. Son Leonardo y su padre, de cuando tenía la edad de su primera comunión. ¿Y cómo ha llegado aquí? Con las bullas, al arramplar con todo lo que había sobre el taquillón, debió engancharse con el cablerío del electro. Cuando salgan del hospital nos pasamos por su casa, vemos cómo están y se lo devolvemos. Y de paso, nos tomamos los bombones con ellos.