El homenaje de Adela

Muchas veces me hago la pregunta. Si perdiera lo que más quiero, la persona con la que hubiera compartido toda una existencia, ¿podría mantener viva su memoria y continuar con la misma vida? ¿Existe el equilibrio entre el recuerdo y el olvido, entre la conmoción de la pérdida y la pervivencia?

Manolo, el marido de Adela, comenzó con una tos tonta que él y su médico achacaban al tabaco. Adela insistía en pedir que se hiciera algo más. Pero Manolo, resignado, no quería más, o no quería saber si había algo más que hacer. Meses después lo ingresaron y le diagnosticaron un cáncer incurable. La enfermedad se llevó por delante más de medio siglo de convivencia. 

Desde entonces, Adela no es la misma. “Lo echo muchísimo de menos”, se lamenta con rabia. Le cuesta desprenderse de ese sentimiento, más bien resentimiento. Su voz se entrecorta a menudo con profundos suspiros, llenando de aire hasta el último alveolo de sus pulmones, se emociona hasta estremecerse, se seca con un pañuelo —siempre a mano— los ojos inundados de lágrimas, apoya los codos en la mesa y eleva las manos, temblorosas, entrelazadas, como suplicando no sé bien qué.

Dos años después de su muerte, Adela tiene una idea. Más bien, una necesidad. “Hacerle un homenaje a Manolo”. Un mural en la fachada de su casa en memoria del marido. Habló con Jorge, artista de calles y paredes de Mirabel, su pueblo. “¿Tú me harías una “pintá” en mi casa?”. Y Jorge en seguida captó su anhelo. 

Una dehesa, una motosierra y una rosa. Cada elemento del mural tiene un significado especial para Adela. Manolo, cuidador de ovejas y trashumante, no concebía quedarse en casa al jubilarse. Compró una motosierra y se dedicó a cortar troncos y ramas de encinas y alcornoques para hacer leña y corcho. “Salían camiones enteros cargados de las fincas”, recuerda Adela. La rosa, por otro lado, es el símbolo de la lucha y el compromiso político de Manolo, vinculado desde Franco al socialismo. Ella comparte con él esa militancia, que han trasmitido también a sus hijas. 

Cuando Adela contó a Jorge el significado de la rosa, le reveló un pasaje de su pasado que éste no conocía. “Yo sé que tú la rosa no la hueles, pero yo te lo tengo que decir. Tu abuelo era también socialista, y por ello lo hicieron preso”. En la flor se entrecruzan las vidas de estos dos personajes.

Al quedar acabado, Adela pasaba muchos ratos contemplando la pintá desde la calle, llorando, llamando a Manolo desde su interior. No lo podía evitar. Con el tiempo, este sentimiento ha cambiado. “Lo sigo recordando igual, pero la emoción no me altera tanto”. Los símbolos del mural la acompañan. Ahora se entrega cuidando con esmero a sus nietos y haciendo ganchillo. 

Adela responde sin saberlo a mis dudas: se puede mantener fresca la memoria y al mismo tiempo sobrevivir, aunque la vida no sea ya la misma.