Remedios, la fotogénica

Remedios ha llamado, me dice la enfermera. Lleva años sin poder venir al consultorio. Cuando llama, pocas veces, es para avisarnos de que vayamos a su casa. Hoy no hay problema, le respondo, tengo la consulta tranquila. Después del café, nos pilla cerca del bar de la plaza.

No hay pared sin foto. En el descansillo, nada más entrar, un par de retratos suyos en blanco y negro, posando coqueta y sonriente, descarada casi, apoyada en el tronco de una encina a la orilla del embalse del pueblo. Toda una modernidad para una época en la que ya había fotos en color y donde la mujer no existía como entidad propia ni dentro ni fuera del matrimonio. Siente nuestra llegada y nos da una voz desde la salita del fondo. Repasamos las estampas familiares que jalonan el pasillo: en el campo, en la comunión del nieto, en la graduación de su hija, en la jura de bandera de su hijo. Siempre ella, y algunas veces su marido.

Mientras nos aguarda, disfruta de unas fotos de su nieta y su hija que ésta le había mandado por carta el día de antes. Sonríe con una mezcla de orgullo y añoranza. Nos las enseña una a una. Se parece a usted, Remedios. Carcajada sobria. Y empieza a contarnos.

Lo primero, un repaso de sus operaciones, por orden cronológico: cadera izquierda, rodilla derecha, otra vez la cadera izquierda, vesícula, cataratas. De la cadera no quedé bien, por eso no salgo apenas, ni con bastón, estoy muy torpe y me caigo con frecuencia. Un suspiro y sigue relatando.

Después, lo de anoche. Fue sobre las once. Sentí un dolor aquí en el pecho, que se me iba al brazo. Tardó un rato en pasarse, como tres o cuatro horas, al final me quedé dormida. Ya la semana anterior me había ocurrido lo mismo, pero un poco más fuerte, también a la misma hora. Sentí miedo y tenté a apretar el botón de la cruzroja, éste que tengo colgado del cuello, pero al final no lo hice, para no molestar a nadie; hubieran tenido que venir ustedes, y me hubieran llevado al hospital, y mis hijas, que viven fuera, se hubieran alarmado.

No queda más remedio, tenemos que hacerle un electro. Ahora venimos con el coche a recogerla.

Remedios contrae el ceño y sus arrugas pronuncian las sombras en su cara. Por la ventana que da al patio se cuela una luz intensa que ha terminado ganando la batalla a la niebla de la mañana. El sofá donde está sentada está coronado por dos fotos enormes, una de su boda y otra de la fiesta de exaltación de la virgen del pueblo. Estaba radiante al lado de su marido, con una mirada plagada de chispa. Lo extraña, echa de menos esos días felices, la compañía de ese hombre menudo y callado que se conformaba con estar siempre a su lado.

Una cosa más antes de irnos al consultorio, Remedios. ¿Me podría usted hacer un favor? ¿Podría hacerle una foto?

Y de repente, a Remedios se le ilumina la cara, sonríe y posa.

Sí hombre, cómo no, ¡las que quiera!