Piluca y el bicho

Los habitantes del mundo rural siguen encontrando en la adoración a las vírgenes patronas consuelo ante las tribulaciones de la vida.

Las leyendas religiosas atribuyen a las vírgenes locales el poder de librar de las cadenas al que duerme en pecado. La función de amparo de las patronas ha quedado diluida por la democratización de la culpa, que ya no es patrimonio de plebeyos y santurrones. Sustituimos la idolatría a las figuras esculpidas en madera por ídolos virtuales. Pero no con ello el pueblo ha dejado de adorarlas.

El mundo rural ve en el mantenimiento de la tradición de la imaginería religiosa una forma de revivir una entidad que la ciudad —presuntuosa— les ha arrebatado sin remedio, con su remolino de progreso. Y sus habitantes, fervientes devotos, siguen encontrando en esta suerte de politeísmo particular el consuelo ante las tribulaciones de la vida que de otra manera no consiguen.

Piluca es una de esas ignotas beatas que depositan sus esperanzas en una virgen cuando la confusión reina. La vida de un primo suyo pende de un hilo entre la muchedumbre de infectados por la COVID-19 que abarrotan los hospitales.

Piluca eleva una promesa: si su primo sale, hará pintar en su fachada una réplica de la Jarrera, patrona de Mirabel. Y al mismo obispo la ofrecerá para bendecirla.

El primo no sobrevive, pero Piluca sigue con su idea. La invocación se transforma en homenaje.

El encierro acaba. Los sobrinos de los emigrados vuelven de la capital, como cada verano, prestando algo de vida a las calles del pueblo. En unos días, Jorge, pintor de alegorías y vecino de Piluca, acaba el encargo. Cada trazado refleja el esplendor de la profetisa que acuna en sus brazos al Niño.

Quedo con Piluca en su casa, al lado de la plaza del mercado. Temo que no esté, es tan despistada. Llamo a la puerta. Dos mirabeleños debaten si la imagen debió quedar mejor sobre la cornisa que corona la ventana o en su posición actual.

Aparece con un vestido de rosas frescas y zapatillas de flores secas. Se nos une Jorge. Contemplamos los tres juntos el mural. Por encima de la virgen cuelga una aureola de cables y un cajetín de teléfonos. Jocoso, confieso que el artefacto hace al conjunto más genuino. Piluca responde disgustada que ha hablado con el alcalde, que ha mandado escritos a Telefónica, que no le hacen caso. Ella es así de insistente, no tiene reparos en hablar con quien sea hasta que la escuchen.

Por un ventanuco se accede a los cables. Manda a Jorge, que accede con el orgullo herido del artista que se ve obligado a hacer un trabajo sucio. Asoma el brazo y jala de la maraña de hilos intentando recogerlos y dejar libre la fachada, pero el cablerío está enredado y el cajetín no cabe por las rejas.

Piluca lo intenta por su cuenta sin éxito. Tiene la frente florida de gotas de sudor. Quiero hacerle fotos a pie de calle. Déjame que me peine y me arregle. Peinada sí, pero el mismo vestido, las mismas zapatillas.

Me sorprende que no lleve mascarilla. Yo ya sabía que había pasado el coronavirus, se había encargado de pregonarlo por doquier. O al menos en eso está ella. En plena pandemia no se hacían tantos test.

Aunque estuvo muy mala, ahora se siente bien. El virus, eso sí, ha dejado reliquias. Este brazo, paralizado. De madrugada, convulsiones. Aquí, un calambrazo a veces.

Igual la ausencia de la mascarilla es por creerse inmune. Pero no. Tiene miedo a reinfectarse, y no sabe cómo evitarlo.

Lo primero, ponerte la mascarilla, replico.

¡Ah, sí, lo he olvidado!