Los tórtolos

Leo y Arturo llevan tres cuartas partes de su vida juntos. A bote pronto, su matrimonio no se distingue de cualquier otro de su edad, pero es inevitable no sentir ternura al verlos siempre la una pegada al otro: no todas las parejas pueden decir lo mismo.  

Ella es poderosa, veloz en la palabra y de pensamiento ágil; él, juicioso, rico en saberes populares y de temperamento calmado. Como muchos de su generación, se sobrepusieron a la penumbra de los años del hambre y del silencio, y trabajaron como burros para granjearles un futuro a sus hijos. Leo, de costurera; Arturo elaborando picón, trabajando la tierra y haciendo portes de material y personal a las fincas de los patronos de la comarca. El precio de toda una vida de sacrificios ha sido una casa confortable sin lujos y una jubilación tranquila llena de achaques. A cambio, han conseguido que sus hijos prosperaran, aunque para ello hayan tenido que acabar lejos del pueblo. Ese es el cemento que mantiene fuertemente cohesionada su orgullosa vida en común.  

La pareja había heredado parcelas de tierra en las cercanías del pueblo, una en una umbría y otra en la solana. Arturo había plantado en ellas viñas de las que obtenía vino de Pitarra que envasaba él mismo. A su detallista y hacendoso hijo se le ocurrió diseñar unas etiquetas para las botellas de la cosecha que Arturo reservaba para regalar a familiares, amigos y compromisos. En las etiquetas no podían faltar los dos símbolos del pueblo —la talla de la virgen local y la silueta del ruinoso castillo medieval de Mirabel—, pero tampoco el de la familia de su padre: un tórtolo, en honor al apodo con el que, quién sabe por qué, todo el pueblo conocía a Arturo, y antes de él a su padre, y después de él a sus hijos. Con el tiempo, al ver el amor que Leo y Arturo se profesan mutuamente, los que han pasado a ser conocidos como los tórtolos son los dos componentes de esa inseparable pareja. 

Hace ahora casi 2 años celebraban sus bodas de oro. Jorge, el artista de la memoria de los vecinos de Mirabel, ya había pintado por entonces varios murales en las calles del pueblo, y a Leo se le vino a la cabeza una idea para regalar a su marido: encargar a Jorge que pintara en la fachada de su casa una pareja de tórtolos sobre la rama de un alcornoque camino del castillo. La inequívoca representación de toda una vida juntos. Desde entonces, el mural de los tórtolos, que perdurará más allá de ellos, despide a los viajeros que atraviesan Mirabel hacia el corazón de los montes de Monfragüe.